INVESTIGACIÓN

|
29/06/2026

El peligro de los retos virales: uno de cada cuatro adolescentes participó de un desafío en el último año

El investigador del CONICET, Santiago Resett, advirtió por AM Cumbre 1400 que pueden ser la puerta de entrada para otras problemáticas digitales.
El especialista fue entrevistado en el programa "Nada sucede dos veces", con la conducción de los periodistas Mario Nico González, Evangelina Zingoni y Lucas Jara. Foto: captura de video Cumbre Stream
El especialista fue entrevistado en el programa "Nada sucede dos veces", con la conducción de los periodistas Mario Nico González, Evangelina Zingoni y Lucas Jara. Foto: captura de video Cumbre Stream

Un estudio del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) reveló que el 25% de los adolescentes argentinos participó de al menos un reto viral durante el último año. El dato fue dado a conocer por el investigador Santiago Resett en diálogo con el programa Nada sucede dos veces, que se emite por AM Cumbre 1400 de Neuquén, y encendió las alarmas sobre los riesgos que este fenómeno representa para la salud física y psicológica de niños y jóvenes.

¿Qué son los retos virales y por qué preocupan?

Los retos virales —o challenges— son desafíos que circulan en plataformas como TikTok, Instagram o YouTube. Consisten en que una persona realiza una acción, la graba y la publica en redes sociales invitando, de forma explícita o implícita, a que otros la imiten.

Aunque no todos los desafíos son peligrosos, algunos pueden tener consecuencias gravísimas. El investigador recordó casos que impactaron a la sociedad argentina en los últimos años: en 2023, un adolescente de Río Negro perdió la vida intentando el llamado Blackout Challenge, que consiste en provocarse la autoasfixia tras verlo en TikTok. En Mendoza, otro caso sacudió a la comunidad cuando un joven de 13 años fue grabado mientras compañeros lo tocaban en sus partes íntimas dentro del aula.

"Generalmente prestamos atención a estas cuestiones cuando ocurren hechos sumamente graves y nefastos. La clave siempre debe ser la prevención", señaló Resett.

Los números del estudio: un 10% presenta exposición seria

Más allá del dato general de uno de cada cuatro adolescentes, el investigador detalló que la distribución de los casos revela una situación más compleja:

15% realizó entre uno y dos desafíos en el último año.

5% participó de entre tres y cuatro retos virales.

5% llevó a cabo cinco o más desafíos, lo que implica una exposición de alto riesgo.

"Allí ya estamos hablando de una exposición mucho más seria", advirtió Resett, al remarcar que este último grupo es el que concentra la mayor preocupación desde el punto de vista clínico y preventivo.

El instrumento utilizado fue un cuestionario desarrollado en España, adaptado al contexto argentino para evaluar conductas digitales en la franja etaria de 11 a 17 años.

Los retos como "puerta de entrada" a otras problemáticas

Una de las conclusiones más llamativas del estudio es que los adolescentes que participan de múltiples retos virales tienen mayor probabilidad de involucrarse con otro tipo de conductas de riesgo en entornos digitales: adicción a las redes sociales, ciberbullying, apuestas online y consumo problemático de pornografía.

"Es como lo que antes se decía del cigarrillo respecto del alcohol y otras sustancias: funcionan como una puerta de entrada", planteó el conductor del programa, y Resett confirmó: "Exactamente. Esa es la lógica".

Además, el investigador señaló que la sobreexposición en redes sociales —el llamado oversharing— puede derivar en situaciones de grooming. "Un adulto puede hacerse pasar por un adolescente, comenzar a seducirlo, pedirle información personal, fotos o videos. Eso ocurre con frecuencia y también lo observamos en nuestra investigación", explicó.

Por qué los adolescentes caen en estos desafíos

La investigación también indagó en los motivos que llevan a los jóvenes a sumarse a los retos virales. La respuesta principal fue contundente: el miedo a quedar afuera del grupo y la necesidad de pertenencia.

Resett explicó este fenómeno desde la psicología del desarrollo. Durante la adolescencia, los jóvenes tienen un pensamiento abstracto más desarrollado, pero aún no cuentan con el lóbulo prefrontal completamente maduro —la región del cerebro encargada de evaluar riesgos y consecuencias—. Esto los vuelve más impulsivos y vulnerables a la presión de sus pares.

El investigador citó al psicólogo David Elkind y su concepto de "nuevo egocentrismo adolescente": los jóvenes desarrollan una audiencia imaginaria y una fábula personal que los lleva a sentir que todos los observan y que son el centro de atención.

"Piensan que todos hacen esos desafíos y que, si ellos no participan, no van a recibir likes. La lógica de las redes sociales gira alrededor de la validación constante", resumió Resett.

Qué pueden hacer las familias neuquinas: claves para acompañar sin prohibir

Frente a este panorama, el investigador del CONICET subrayó que la respuesta no debe ser la prohibición absoluta, sino el acompañamiento activo. Compartió una serie de recomendaciones concretas para madres, padres y adultos referentes:

  1. Poner límites claros, pero con fundamento. Así como ningún adulto permitiría que un adolescente de 13 años maneje una moto, tampoco debería permitirse que un niño de 10 u 11 años tenga acceso irrestricto a internet sin supervisión.
  2. Involucrarse y conocer la tecnología. En lugar de prohibir por desconocimiento, Resett propone que los padres le pidan a sus hijos que les expliquen cómo funcionan plataformas como Roblox, Snapchat o Discord. "Podemos compartir unos mates y preguntar: '¿Quiénes son estas personas con las que hablás? ¿Son realmente amigos?'".
  3. No subestimar los sermones: invitar a reflexionar. Con los adolescentes, los discursos no funcionan. Lo que sí funciona es el diálogo, la escucha y desarrollar el pensamiento crítico frente a las tecnologías.
  4. Mostrar las consecuencias concretas. Si un joven hace una falsa amenaza de tiroteo como "broma", hay que explicarle qué implica: que la escuela suspenda clases, que intervenga la Policía, que los padres reciban sanciones.
  5. Enseñar a detenerse antes de publicar. El consejo de esperar diez segundos antes de subir un contenido sigue siendo válido. Preguntar: "¿Por qué querés subir esa foto? ¿Pensaste cómo puede afectarte? ¿Sabés que una vez publicado podés perder el control sobre quién lo ve?".
  6. Dar el ejemplo. "Los adultos educamos mucho más con el ejemplo que con los discursos. Muchas veces somos nosotros quienes hacemos un uso excesivo o poco saludable de la tecnología", advirtió Resett.

"No se trata de demonizar la tecnología"

El investigador fue enfático en señalar que las redes sociales y la tecnología no son en sí mismas el problema. "No se trata de demonizar la tecnología. El problema aparece cuando faltan el acompañamiento y la guía. Es como darle una moto a un chico de 13 años sin enseñarle a manejar: tarde o temprano va a terminar chocando", graficó.

También reconoció la brecha generacional como uno de los desafíos más complejos: hoy, en muchos hogares, son los propios adolescentes quienes enseñan a los adultos a usar la tecnología. Sin embargo, ese dominio técnico no implica madurez para comprender los riesgos.

"Puede ser que el adolescente domine mejor la tecnología desde el punto de vista técnico, pero sigue siendo un menor de edad y no alcanza a comprender muchos de los riesgos que implica publicar una foto, compartir información personal o confiar en desconocidos", reflexionó Resett.

Y cerró con una idea que sintetiza el espíritu de la investigación: "Para orientar hace falta conocer, pero también tener la voluntad de involucrarse".